La dignidad no se compra

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barHasta ese momento la vida del bar era la de siempre. El aire viciado, gritos y discusiones de los parroquianos, el sonar del vidrio de los vasos y el golpe seco de las bolas de casín.

La barra que oficiaba de mesa, punto de encuentro y diván psicológico de los bohemios de siempre, depositaria de penas de amor o estrado de glorias que no permiten subir más que las siluetas del humo de los cigarrillos que furtivas se elevan para desvanecerse como los sueños una vez terminado el trago.

De un lado estaba Jorge, el barman que discutía con “El Negro” Ramón que pretendía otro tinto fiado. En una de las puntas, bien en el límite y recostando su humanidad contra la pared, Dante, jubilado de una empresa de seguridad tomaba -como siempre- “un vino” en silencio, solitario y como en una reflexión permanente. Miraba de reojo un partido de fútbol que se proyectaba en la sucia pantalla del televisor 14 pulgadas que estaba, desde hace años, posado en una repisa ubicada en una de las esquinas del bar rodeado de telarañas oscurecidas por el paso del tiempo.

Era una noche más. Otra que se sumaba al collar de lo que fue para no volver, y casi ni siquiera llegar a recuerdo. Sólo era otra más, o por lo menos eso parecía, hasta que sorpresivamente se abrió la puerta y apareció él: “el Dr. Lussich”.

Renombrado abogado que al parecer había olvidado los tiempos vividos en ese mismo lugar al que casi accidentalmente había llegado otra vez, como lo hacía en sus tiempos de estudiante humilde, condición ésta última que al parecer se desvaneció entre las ropas de etiqueta que hoy vestía. Quizá se la había llevado el aire acondicionado de su coche último modelo, talvez se la había robado algún beso de esos que compraba a mujeres de la “alta sociedad”, de la que ahora él también formaba parte.

Su llegada al bar tuvo un efecto “miel”, porque ni bien se acercó a la barra la mayoría de los parroquianos de turno lo rodearon. Sabían que el Dr. Lussich era sinónimo de la clásica frase “mánde la vuelta”, que al parecer, en estos tiempos, está en peligro de extinción.

Lussich miró que sólo un hombre se había mantenido en su lugar. En una punta y sumido en su mundo de soledad y reflexión seguía Dante, acompañado por su vaso mediado de vino y la televisión que seguía emitiendo imágenes del fútbol, deporte que todavía lo apasionaba, quizá porque le ponía color a sus memorias.

El viejo se ponía en la piel de esos jóvenes habilidosos que dejaban en la cancha pedazos de talento, ese que también él, décadas atrás, había sabido tener y exponer ante las hinchadas que en los estadios chacareros del Uruguay solían corear su nombre.

Dante y el ahora Dr. Lussich se conocían de antes. Habían sido vecinos y el viejo había salvado en más de una ocasión al estudiante de aquellos tiempos. Todo marchaba bien, hasta que “Carlitos”, como le decían al ahora letrado, se enroscó con unos políticos medio mafiosos del pueblo, comenzó a hacer guita y proporcionalmente a olvidarse de los allegados de siempre. Después se fue a finalizar sus estudios en la capital y regresó siendo otro, el ser que ahora estaba contra la barra, rodeado de lambetas que mendigaban un trago.

Casi desapercibido, ante el bullicio que había generado la llegada “del doctor”, se apareció el flaco “Nano”, un obrero extremadamente delgado, desdentado y con el pelo largo y chuzo, las manos cuarteadas por la cal de la construcción y con la ropa sucia del trabajo en “la obra”.

Entró, se acercó a Dante y lo saludó. Apurado por llegar a su casa cruzó un par de palabras con el solitario veterano. Llamó a Jorge, le mandó un vino a Dante, y también él apurado bebió un vaso de tinto para salir rápido rumbo a su casa para encontrarse con su hija, a la que no veía desde el amanecer, porque cuando él salió ella todavía dormía.

Para casi todos la estadía del “Nano” en el bar había pasado desapercibida. Sólo Dante, el barman Jorge y el Dr. Lussich se percataron de su llegada y retiro.

Fue en ese momento que “el doctor” llamó a Jorge y le dijo al oído: “mandále de mi parte el mejor vino que tenga para el viejo Dante”.

El barman cumplió con la petición pero se topó con una respuesta tajante: Dante no aceptó el vino.

Por un momento el viejo apartó su vista de la pantalla del televisor, miró al doctor Lussich y dijo en tono solemne: “El día que vos abras tu corazón tanto como hoy lo haces con tu billetera quizá sí acepte tu invitación. Además estoy servido, el flaco “Nano” ya me mandó un vino, igual que vos ahora pagas uno con mucha plata, él me lo pagó con algo que te falta, el sudor de la frente”.

Acto seguido Dante siguió mirando el fútbol en la sucia televisión, bebiendo en sorbos como el mejor néctar el vino que minutos antes le había invitado el flaco que a esa altura debía estar besando en la frente a su hija.

El silencio se apoderó del bar. El doctor Lussich guardó su sonrisa remendada en oro y algunos parroquianos se sintieron hipócritas ante su falta de dignidad, esa, que por “unas vueltas” ahora se llevaba el Dr. Lussich.

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